Nombre: Julio Pavanetti

Lugar de nacimiento: Montevideo, Uruguay 

Residencia actual: Villajoyosa, Alicante, España.

Miembro desde: 15/03/2003 

 

Poemas incluidos en esta página:  

 

- HONTANAR NOCTURNO
- ASFIXIA URBANA
- SIN SALIDA
- EL MAR DE LOS RECUERDOS
- TUS OJOS
- ESTADO DE ÁNIMO
- EN UN VERSO
- DEL TEATRO DEL SILENCIO AL PARNASO
- LA CIUDAD DESNUDA
- NOCTURNA
- ALIMENTANDO LLUVIAS
- A TRECE MIL KILÓMETROS
- EL TREN DE LOS SUEÑOS ROTOS
- EN EL LAGO DE COMO
- AIRES DE BARRIO
- SOMOS ESOS
- EXISTE UNA CIUDAD
- ALCANTARILLAS
- EL ECO DE LOS VERSOS
- FUEGO DISUELTO
- VICEVERSA DEL REMANSO
- EL CIELO LLUEVE BRASAS
- ENTRE EL CIELO Y EL MAR
- CAPITULACIÓN
- VINE DE UN ÁRBOL SOMBRÍO
- SILENCIARON  NUESTRO  CANTO…

                                                   

 

 

 

 
HONTANAR NOCTURNO
 
De estrellas ausentes que no dejan rastro
en noches vacías de luna en el cielo.
De velas ahogadas en los candelabros
en noches a solas, desnudas de sueño.
De esquirlas de insomnio, de sus negros látigos:
Heridos de vida, me surgen los versos.
 
 
 
 
ASFIXIA URBANA
 
En la calma de un día en la ciudad
verás precipitarse a unos hermanos
con la sangre lavada por la asfixia
corriendo presurosos en zigzag.
 
¿Dónde irán esos hombres agitados
por calles que descienden empedradas,
cargando en sus espaldas con la historia
de un pueblo que atraviesa el bosque urbano?
 
¿Dónde irán a buscar el desentierro
de su remota estirpe ya olvidada
con la muerte pisando sus talones
y estallando sus pechos por el miedo?
 
¿En cuáles de los márgenes del cielo
buscarán las vocales del gemido?
La ausencia de aire fuerza cada búsqueda:
¿Hacia dónde se escapa el desconcierto?
 
¿Se podrá respirar en esa atmósfera,
o será solamente una utopía?
El mar inescrutable abre sus puertas:
Un don para los párpados en sombras.
 
 
 
 
SIN SALIDA
 
Vives dentro de un círculo. No puedes
escapar de esa huella que te lleva
de la mano al presente y al futuro
con señales que indican donde se hallan
las lindes del camino que te impiden
transitar libremente y te compelen
a esconder, muchas veces, tus deseos,
tus más irreverentes sentimientos,
tus más disimuladas emociones,
tus mitades perdidas en la selva.
 
Deambulas y vuelves siempre al centro
mareado por giros infructuosos
en busca de la llave que abra puertas.
Has crecido a la sombra de unos límites
por los que pululaba la censura
con plena libertad: ¡Vaya un oxímoron!
 
Hoy te queda la impronta de tus horas,
las que eran sólo tuyas, sin disfraces,
con las que tú has llegado a atragantarte
de tanto masticarlas en silencio.
Pisas sobre adoquines desiguales
mientras en el crepúsculo incipiente
el pasado te engulle y te limita;
no puedes traspasar esa barrera
sin quebrar sus cristales periféricos.
 
Los sueños retroceden aturdidos
sin advertir el hueco hacia la luz,
rebotan en las cárcavas profundas
-faltos de su estridor y sus aristas-
y chocan con la orilla de la noche.
Has madurado como un gran reserva
en barricas herméticas de roble.
 
Te abroquelas al borde del perímetro
pero sabes que ya no quedan vanos
por donde deslizarse a un nuevo tiempo;
inevitablemente todo acaba
dentro de la frontera orbicular.
Comprendes que ya es tarde, no hay salida.
Acatas con decoro tu destino
y te acomodas en tu propio claustro.
 
 
 
 
EL MAR DE LOS RECUERDOS
 
Un tibio rayo de maíz en grano
descarrila sobre las grises láminas
de las persianas del atardecer.
El viento agita las ramas del ceibo,
las nubes beben la sangre vertida.
 
El grito vacilante de unos pájaros
que se alejan, apartan de la mente
el blando resurgir de los recuerdos,
esa celda que encarcela vivencias,
recluye entre sus rejas las palabras
y tiende una emboscada a la memoria.
 
Si te quedaras unas horas más,
una pequeña esquirla de la luna,
al menos le daría algo de luz
a nuestra inevitable despedida.
 
Si te quedaras unas horas más,
la luna escoltaría tu camino
hasta que tu talar se deshilara
y, poco a poco, tú te disolvieras,
cariátide de sal que sostuviste
en falso nuestra pagoda de amor.
 
Después sí yo podría regresar
a la mórbida calma que se agranda
en el secreto mar de los recuerdos.
 
 
 
 
TUS OJOS
 
Cae la tarde desde su infinito
por detrás del gran río
que hoy desciende callado.
 
Me ahogan en la cúspide tus ojos
y en la paz de sus embalses de sol. 
 
Navegarlos a vela,
cansarme de contar las olas,
respirar en la comisura
de tus párpados y cerrar los míos
para hallarte en mis sueños.
 
Convertirme en un náufrago
para que me rescaten
cuando la luz se esquine en el silencio
y los ceibos dormiten
en el imán multiforme del agua.
 
Derribar los imperios de sus brumas,
sumergirme en el baile de su espejo
para profundizar en la miríada
de estrellas que te habitan.
 
Poner sus perlas a orear,
eternizar mis ojos en los tuyos,
hundirme en ellos y sentirme… Tú.
 
 
 
 
ESTADO DE ÁNIMO
 
Durante muchos años se ha clavado
tu tristeza en mi ojos.
Tu garganta sedienta
me recordaba el largo recorrido
que iniciaste en el agua más profunda.
 
Hoy soy yo quien, subido a una escalera,
decora el alto y largo artesonado
masticando fragmentos de un dolor
que no puedo llorar en un pañuelo.
 
Araño el desaliento entre arenales,
ya no escucho el susurro de las rocas,
no hay un sol que me abrace,
y el invierno me cae en gotas cómodas
como las lágrimas resbalan lentas
de los párpados de la madrugada.
 
Me quedo solo a un paso de los besos,
golpeando impotencia
mientras la espesa niebla hace distancia,
alejando el aliento de la luna
y la intención perversa de la noche
que se empeña en imponernos su insomnio.
 
 
 
 
EN UN VERSO
 
He querido escribir mis pensamientos,
plantear las preguntas que me inquietan,
denunciar atropellos e injusticias,
mostrar mi rebeldía ante el exceso,
mi rechazo absoluto al despotismo,
mi indignación tenaz frente al corrupto.
He querido expresar mis discrepancias,
filosofar, buscar luz en las sombras,
enfrentar las transiciones del cuerpo,
encontrarle respuestas a mis dudas.
He querido dejar sólo en un verso
-sabiendo que soy polvo y todo sobra-
un mensaje de amor para el futuro
antes de acomodarme en mi penumbra.
He querido, aguzando mi conciencia,
calcular la distancia entre la vida
y la muerte que cabe en un poeta,
pero hoy me mutilan el desánimo
y la vergüenza. Apenas tibia el sol
por detrás del cadalso de la tarde.
La aflicción es un charco que la sombra
agranda y que entorpece mi propósito
de búsqueda obstinada de un poema
que testimonie mi último deseo.
 
 
 
 
DEL TEATRO DEL SILENCIO AL PARNASO
a Juan Ramón Molina
 
Allí en Comayagüela fue tu infancia un jardín
donde el verde risueño era un nimbo asombrado.
La oscuridad del blanco despertó aquella sátira
que dedicaste al tétrico Señor Negro empolvado.
 
Fue la brisa más fresca la que alentó tu vuelo
y te llevó al lugar, muralla de las plumas,
donde el cielo sacude su fatiga de siglos
sobre las verdes cumbres cubiertas por las brumas.
 
En Xe Lajuj No’j nace tu pasión por las letras
y fue allí que nacieron tus primeros poemas.
Conociste a Darío en momento propicio
porque después brillaste como lo hacen las gemas.
 
Te montaste en las alas del ángel de las aguas
para saciar tu sed de universal cultura;
te entregaste al temblor silencioso del mar
esquivando miradas, desde la densa altura.
 
Fuiste a pescar sirenas con tu gran fuerza lírica
y un aleteo suave te trasladó hasta Río;
el Cristo Redentor te dio la bienvenida
y allí te reencontraste con tu amigo Darío.
 
Tres amores, delirios, viajes al extranjero
persiguiendo tus sueños en fase de crisálida,
sin embargo sentías nostalgia de tu Honduras
y regresabas siempre con olor a piel cálida.
 
Estático en el parque, en un banco de cobre,
esperas al poeta que honre tu memoria.
Escondido en tu aliento, floreció en ti el misterio
de los versos. Al culmen hoy te eleva la historia.
 
Tu obra de altos quilates, copula con los dioses
en esos recovecos donde el aire consuela.
Desde tu torre de oro, junto a la Cruz del Sur
es metáfora pura que hacia el Olimpo vuela.
 
Tierra, mares y cielos, cobijaron tu obra.
Tus versos te encumbraron al Parnaso con lustre,
y después que sonaran sus límpidos clarines,
te reservó la gloria su sitio más ilustre.
 
 
 
 
LA CIUDAD DESNUDA
 
Una brisa de río y de nostalgia
asciende por las calles más antiguas,
diluyendo en la plaza el mar bravío
y la sospecha de un reflejo claro
de luna, que se adivina a su espalda,
inmaculada de todo prejuicio.
 
Desierta la ciudad dibuja a mano
filamentos de lluvia transparente
que descienden al pozo de la noche.
 
Ciudad con un pasado soberano,
levemente inclinada a la tristeza,
azotada por ráfagas de un viento
que atraviesa la Plaza y se descuelga
ciego, y a cuerpo muerto, a la penumbra,
igual que cae la fina llovizna
rodando sordamente por las calles
que huelen a noche en una ciudad
hoy desnuda como Comala eterna.
 
Silencio en los balcones inocentes
con sus barandas de hierro ondulado
ungidas por el aire de los años.
Silencio en las esquinas que apresuran
los embates nostálgicos de un tiempo
de nocturnos jazmines del país.
 
Desnuda la ciudad se moja lenta,
poblando su perfil de una humedad
que enmascara los ecos de un pasado
de miradas altivas, y de pájaros
de vuelos geométricos y audaces.
 
Desnuda la ciudad, cuando la noche
impone su poder, baja sus párpados
y emprende un nuevo viaje hacia el recuerdo.
 
 
 
 
NOCTURNA
 
Viene en nombre de todas las mujeres
a la hora en que se encienden los letreros
y envejecen los lirios de la luz.
 
Con el garbo sensual que luce el cisne,
llega siempre puntual como el latido
cuando el día declina y se desangra,
despejando las calles para el hombre
noctívago, bohemio y solitario.
 
Cubierta por un velo luminoso
que salpica su piel de transparencias,
la mujer del poema me seduce
con su andar voluptuoso, su mirada
llameante y sus labios encarnados.
 
Debajo de ese tul, la desnudez
de un cuerpo hecho de sueño y de rocío,
viene a darme cobijo y a librarme
de la atmósfera oscura y silenciosa
que envuelve muchas veces a mi estro.
 
Parece que la noche nunca acaba
pero al final los versos siempre afloran
en cópula salvaje con mi musa.
 
 
 
 
ALIMENTANDO LLUVIAS
Alimentando lluvias, caracolas y órganos,
mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
 
Miguel HERNÁNDEZ
 
Cuando nadie la llama, se descubre.
Los dioses del invierno lo celebran.
El destino se puso de su parte,
la tristeza relincha y corcovea
porque el destino en sí, es una lluvia
que perfuma con lágrimas la tierra,
convirtiendo en dolor lo que soñamos
a partir del galope de una estrella.
 
Alimentando estoy lluvias internas,
esclavo de su fuerza arrolladora,
como una extraña forma de vivir
que le da abrigo al paso de las horas.
Aunque corra hacia las alcantarillas,
sé que la lluvia no todo lo borra,
siempre deja un residuo de cordura
que se queda prendido a la memoria.
 
Aunque estas de hoy son lluvias diferentes,
fatigo, como Góngora, la selva,
alimentando lluvias de ciudad
mientras maquilla el viento la tristeza
recogida en las lluvias de otros años,
si bien yo no forjara las tormentas
que descargaron lágrimas en noches
que siempre culminaban en espera.
 
Y aquí estoy sustentando nuevas lluvias
a la espera impaciente de otros fuegos,
cuando lo único cierto es el insomnio
que insiste, pertinaz, en sus intentos
de ahogarme en un silencio indiferente,
de quitarme la fruta de mis sueños
y arrojarme en los brazos vacilantes
de un cadáver regurgitando versos.
 
 
 
 
A TRECE MIL KILÓMETROS
"...hoy anduvo la muerte entre mis libros
buscando mi pasado..."
 
Alfredo ZITARROSA
 
Irrumpía una y mil veces
eyaculando ignorancia,
destilando por sus poros,
odio, furia y prepotencia, 
y revolviéndolo todo
con absoluto desprecio.
 
Buscaba por la alacena,
en cajones y anaqueles,
convencida que hallaría
unos panfletos, un libro,
una carta, o esos versos
caídos de algún poema.
 
A unos trece mil kilómetros,
en la noche más oscura,
arrebatada su sangre,
mis pájaros padecían
y las palomas volaban
sin llevar mensaje alguno,
a la vez que ella, incansable,
lo desordenaba todo.
 
A unos trece mil kilómetros,
con un río plateado,
grande y ancho como un mar,
y de por medio un océano,
separado de mis pájaros
yo escribía en libertad.
 
Sé que no regresará
pero si una vez lo intenta,
en esa casa dormida,
ya no quedaría nadie
para franquearle el paso,
para levantar la tapa
del sótano de mi cuarto,
para responder preguntas
molestas e impertinentes
y soportar sus vejámenes.
 
Aunque ejerciera la fuerza
de su guadaña asesina,
sólo hallaría paredes
y toda la memorïa
saltando como una fiera,
directo a su yugular.
 
 
 
 
EL TREN DE LOS SUEÑOS ROTOS
 
La desesperación viaja aferrada
a un oxidado hierro en los vagones
de “la bestia”, ese tren que rueda lento
sobre rieles cansados y herrumbrosos
por llanuras inmóviles e inciertas
franqueando el infierno en su aleteo.
 
La desesperación es lo que lleva
al emigrante hambriento y sin papeles
a recorrer kilómetros de riesgo   
y humo ciego, montado sobre el lomo
de esa bestia feroz, devoradora
de la esencia del hombre y sus anhelos.
 
La desesperación lo vuelve débil,
vulnerable, empujándolo a apiñarse
al hermano de lucha, al compañero,
en esas vagonetas descubiertas,
ansioso por cruzar esa frontera
hacia el nuevo horizonte de sus sueños.
 
La desesperación quiebra sus días
dejándole tan sólo una esperanza,
subirse a ese convoy, pero sabiendo
que puede conducirlo hasta el horror
si padece el ataque de las Maras
cuando el tren de la muerte cruce México.
 
La desesperación es el vacío
de aquellos que se duermen y caen,
es hálito mortal entre los cuerpos.
Cuánta muerte tendrá aun que llegar
y cuántas violaciones a mujeres.
Qué injusto es este mundo y qué imperfecto.
 
La desesperación es voz anónima…
Cuando se van sumando los cadáveres,
es el nombre solemne de los muertos
y es el nombre del miedo que se alarga
cuando la vida queda más desierta
y los potros galopan por el pecho.
 
 
 
EN EL LAGO DE COMO
 
Mientras el lago ovula hacia una luz
redentora, obstinada de silencio,
que se desborda y cae, con la tarde,
por las faldas de un verde apelmazado
hasta abrazar las villas palaciegas
que rodean la orilla del espejo,
una cálida música nos cubre
con ropajes de sol de un rosa tiépolo.
 
Mientras tibio se endulza su misterio,
te invito a que abracemos a la luna.
La eternidad reluce sobre el lago,
privilegio de dioses y de hombres.
La luz silente y limpia como un beso,
sobrevuela los labios de un crepúsculo
que chasquea extenuado entre montañas
bajo las que, cautivo, yace el tiempo.
 
Mientras al horizonte explota el aire
con fluorescencias púrpuras y rosas,
la brisa se distrae con tu pelo.
Sobre el lago levita una canoa.
Los dos, mudos de asombro, respiramos
el penúltimo vuelo de las aves.
Baja por las axilas del ocaso
el olor de un adiós que no queremos.
 
 
 
 
AIRES DE BARRIO
 
Aires de barrio llegan a mis versos:
Humo de cafetines en elipse,
llanto de un viejo tango arrabalero
y perfume de patios con jazmines.
 
Aires de barrio, aroma a madreselvas
con rumores de tango y de milonga;
con heridas que el fuelle al alma deja
cuando esboza un sollozo en una alcoba.
 
Aires de barrio envuelven a la luna
dando vida a su blanca palidez
y liberando el sueño de las brumas.
 
Aires de barrio vienen del ayer
en forma de recuerdos que torturan
la quietud de las noches en mi piel.
 
 
 
 
SOMOS ESOS
 
Somos cantos inconclusos
nacidos del hambre antigua,
destino final de un miedo
que cava impermeables grutas
para rearmar sus retales
y proteger sus recuerdos
del agua, el viento… y el hombre.
 
Somos múltiplos de aquellos
forzados a germinar
-en tierras desconocidas-
nuevos brotes a sus sueños
y a diseñar su futuro
avanzando hacia la tarde.
El reinicio a calle abierta.
 
 
 
 
EXISTE UNA CIUDAD
 
Existe una ciudad en las gotas de lluvia
sobre los adoquines, sobre el puente de  piedra,
sobre la sed del mundo.
Existe una ciudad en el trozo del sueño
cuando la noche prueba a burlar su destino
con un reloj de luz.
 
Existe una ciudad en esa hora ligera
que antecede a la aurora cuando la noche oscura
finge recuerdos célebres,
cuando la piel revienta tras los juegos eróticos
y se agitan los cuerpos  en medio de las migas
que el deseo dejara.
 
Existe una ciudad ruidosa en la mañana
con las ondulaciones de una campana enorme
sonando en el vacío.
Existe una ciudad cuando la tarde baja
como un amor hundido por las calles del puerto
que esperan a la noche.
 
 
 
 
ALCANTARILLAS
 
Cada hoja sacudida por un árbol que tiembla,
cada luz que agoniza orillando el silencio,
cada paso que doy y crecen mis quimeras,
cada ruta hacia el túnel que me lleva a lo inverso,
cada día que pasa respiro más ausencias
cuyo recuerdo escolta mi penúltimo vuelo.
 
Soy un soplo sin aire ahogado en el espejo,
otoño consumiéndose como el sol en el río.
Soy un sueño crepúsculo que escala hacia el descenso,
un charco diluido en el cemento arrítmico
brotando de los ojos más cansados del tiempo.
Soy los bordes cautivos del viaje hacia el abismo.
 
¿Cómo enfrentar la vida que se escurre sin tregua
por las alcantarillas que las noches engendran?
 
 
 
 
EL ECO DE LOS VERSOS
 
Regresan las imágenes sonoras de unos días
sin eclipses, pletóricos, en los que me arrullaron
las voces y los versos de poetas amigos
en tierra de Eminescu, Celan, Sorescu y Goga.
 
Un gigante guerrero metálico vigila
el valle desde lo alto. El sol hiere el cemento.
Las señales indican el cruce de caminos:
A la izquierda, a quince kilómetros, Cumpana.
Una barca transporta un grupo de turistas
y dibuja en el agua las arrugas del tiempo.
 
Nadie teje hoy brocados junto al lago Vidraru.
Los días se detienen en el espejo azul
de su presa y se elevan al recinto del aire,
quebrado por los restos de ciudad Poenari.
Sin embargo, ocultándose en los senos de paja
que adornan la pradera, los versos con sus tropos,
como juncos mecidos por una suave brisa,
titilan sosegados, ahítos de metáforas,
insinuando el gemido alargado del gozo.
 
El eco gime luego de haber sido palabra.
Ahora, ala de luz, descansa en el murmullo
de pájaros postreros, como era en el inicio.
Reposa tras el vértigo de voces en los Cárpatos
y como ave de adentro, planea suspendida
entre los escondrijos que acuna la memoria.
 
De plenitud saciadas, las palabras se posan
al borde del estuche inmovilizador.
Sólo el eco sonoro de los versos, retorna
-apenas perceptible- para ofrecer consuelo
ante tantos cuchillos en mi espalda,
ante tanta argamasa y tanta ausencia verde.
 
Ya se enarenarán nuevamente mis manos.
Un puñado de arena huyendo entre mis dedos
volverá a recordarme que soy apenas nada:
una alucinación que volverá a ser polvo,
una mentira más en el cosmos inmenso.
 
 
 
 
FUEGO DISUELTO
 
Yo fui forjando sólo y con desgaire
mi propio y doloroso itinerario.
 
De amor pleno durante un largo tiempo
-a veces rebosante de pasión-
con llamear intenso y vehemente,
incluso con fervor desmesurado.
 
Otras veces reinaba la tristeza,
el desencanto cruel y el desaliento.
 
Lo difícil ha sido continuar
en la búsqueda ansiosa de armonía
entre la realidad y lo platónico,
entre el cuerpo que cede a tentaciones
y el alma que desea la pureza.
 
Han sido una constante las batallas
que tuve que librar con mi interior,
sólo queda la brasa que arde aún
al borde del camino que se angosta.
 
El corolario es fuego… ya disuelto.
 
 
 
 
VICEVERSA DEL REMANSO                      
 
Frágil igual que un pajarillo herido
leve mordisco de calma artesana
y gorjeo al oído.             
 
Sueño translúcido al amanecer
espuma blanca besando la playa
con aire de mujer.
 
Un colibrí que aletea al revés
así eres tú en el momento de amar
pero… nunca después.     
 
Rosa ofrendando sus pétalos rojos
luz aguzada en las plácidas noches
como culto a los ojos.                                  
 
Brisa aromada de la primavera             
delgada voz que arrulla las colinas
y al pimpollo en espera.                      
 
Carne que grita al sol su desnudez
así eres cuando es tu tiempo de amar
pero… nunca después.
 
 
 
 
EL CIELO LLUEVE BRASAS             
 
El cielo llueve brasas.                         
La noche evoluciona como aquellas,     
empapela la tierra de cometas             
mientras la luna nos vierte sus lágrimas.                  
 
Orillando tus labios                   
susurran los rumores del silencio;                  
el dueño de la noche ya es el cielo                 
que extiende su abanico imaginario.     
 
No hay reloj que lo nombre.                
Miramos su dispersión muy despacio.   
Alguno quedará para invocarlo            
tras la separación de los colores.         
 
Suenan tiempos de cólera.                  
Yo le arranco mi piel al aire azul          
porque los besos ya me los das tú.                
Un mar de brasas llueve por la bóveda.
 
 
 
 
ENTRE EL CIELO Y EL MAR
 
Entre el cielo y el mar, sólo una raya.
 
Una lanza que clava luz de espuma
entre los intestinos de la noche,
-profunda y misteriosa en su mudez-
para licuar las perlas de la cúpula,
como llora el laúd notas de sangre
replegado en su amnesia temporal.
 
Entre el cielo y el mar, sólo una raya.
 
Se mojan las caricias sin paraguas.
Los besos se protegen de los besos
mientras tiemblan los muslos impacientes
y la luna interrumpe su paseo
entre cristales, porque el amor siempre
sobrevive al febril instante oscuro.
 
Entre el cielo y el mar, sólo una raya.
 
 
 
 
CAPITULACIÓN
 
No sé si las estrellas
descubrieron tus grandes ojos negros
o tu alma es la que emite sus destellos
como luna serena.
 
No sé si está la luna
salpicando en tu pelo de azabache
el reflejo candente de su carne
cual caricia desnuda.
 
O está encendiendo velas
sentada en los pretiles del insomnio
mientras busca en el bruno dormitorio
los versos de un poema.
 
No sé si es su mirada
la que al enamorarse horada el aire
o es la tuya que me ama al contemplarme
cual sol de madrugada.
 
Sólo sé que al galope
de las notas melódicas que brotan                 
de tu piel, capitulo yo en tu boca
y me rindo a tu noche.
 
 
 
 
VINE DE UN ÁRBOL SOMBRÍO
 
Vine de un árbol sombrío
donde ideas y palabras
maltrataban el adagio
de Stéphane Mallarmé
y se quedaban calladas
 
vine de un árbol sombrío
donde semilla y semántica
no aseguraban los sueños
sus raíces no bastaban
para disipar las nieblas
la savia estaba en las hojas
preparadas para el vuelo
 
vine de un árbol sombrío
que quedó solo en las sombras
un veintisiete de junio
cuando empezaba el invierno
y se quebraban las rosas
 
vine de un árbol sombrío
ignorando la distancia
que desdibuja el latido
deshojando mi existencia
entre miradas anónimas
hundiendo el rostro en mis manos
cuando amanecía el frío.
 
 
 
 
SILENCIARON  NUESTRO  CANTO…
 
Silenciaron nuestro canto
nos arrancaron las plumas
y nos cortaron las alas
sin ellas nos empujaron al bosque
amontonaron lunas desahuciadas
en un horizonte que dejó de huir.
 
No contentos  con cortar la cadena
rompieron los eslabones
y violaron nuestras casas
incautaron cartas a nuestros padres
mientras más allá del mar
hubo que sobrevivir sin noticias
cuando internet no existía.
 
Alojados en nuestro propio abismo
intentamos acoplar nuestros pasos
a una ilesa esperanza
pero en una realidad compartida
quedamos frente a frente con el tiempo.
 
Vagamos igual que nómadas
anónimos y deseslabonados
resistimos ralos al desencanto
de días revueltos en la memoria,
como unos rescoldos en rebeldía.
 
Pero hemos sobrevivido
adiestrando el exilio en libertad
ardiendo cada cual a su manera
en lucha con el mar que nos traía
sordos rumores de ausencias.
Lo temporal convive con nosotros
aunque duerma a la intemperie.
El ser humano se acostumbra a todo,
unos vimos alejarse a las musas
mientras intentábamos renacer
respirando periferias.
 
Atrapadas en la red
que urde la supervivencia
las musas tardaron en regresar
otros las redescubrieron
ahogando la dictadura en el whisky
pero antes o después todos
regresamos a buscar
la perdida juventud.
 
La vida es como una herida
que se agrava con los años.

 

 


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